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El Jabón de Aceite:
Ecología de Andar por Casa.
Por Mª José Linde.
Una de las características
más curiosas de las economías campesinas tradicionales, como la de la
comarca de Martos, ha sido el establecimiento de mecanismos de
supervivencia en los que la economía familiar era esencial en un
mercado insuficientemente abastecido y al que era difícil acceder
debido al bajo nivel adquisitivo medio.
En las casas hasta
hace poco tiempo se elaboraban innumerables productos de consumo que hoy
nos sorprenderían por la facilidad que tenemos para adquirirlos:
conservas, vestidos, embutidos, carnes, huevos, leche...
Especial interés, en
un territorio donde el aceite de oliva ha sido tan preponderante,
presenta la fabricación del Jabón.
El jabón es un artículo
mucho más reciente de lo que pueda parecer. En Europa se tiene
constancia de él desde el siglo VIII y durante el siglo XII, Castilla
fue un importante centro productor, tanto por la cantidad que se
fabricaba como por su calidad, al emplear aceite de oliva en lugar de
grasas animales, lo que elimina los malos olores. En el siglo XVIII un
francés, Nicolás Leblanc, inventaba la sosa cáustica, que al
reaccionar con las grasas mejoraba sensiblemente la calidad del jabón.
Era frecuente que los
molinos o almazaras hasta hace poco asociaran a la producción de aceite
la de orujo o la fabricación de jabón. Pese a ello, este producto se
elaboraba en las casas tanto para realizar la colada como para el aseo
personal e incluso para la desinfección de heridas, mezclándose con
cera de abeja para formar el "cerato", o para la belleza
facial, cociéndose el aceite con colonia y esperma de ballena para
formar el "croqué".
El método maravilla
hoy en día a ambientalistas por cuanto supone no sólo el
aprovechamiento y reciclaje del aceite usado, sino porque además se
evitaba así que este producto tóxico se vertiera sin control a los
cauces fluviales.
La receta del jabón
es sencilla. Por cada tres litros de aceite de oliva usado en la cocina
se añadía otros tantos de agua y medio kilo de sosa cáustica. En primer lugar se mezclaba poco a poco el agua y la sosa, que
reaccionaba produciendo mucho calor. Al enfriar, se iba añadiendo
progresivamente el aceite sin dejar de remover hasta que espesaba.
Entonces se disponía en grandes bandejas de madera que hacían las
veces de molde. Una vez endurecido, se cortaba dándole forma a la
pastilla de jabón. En ocasiones se le añadía azulete para darle una
tonalidad más atractiva al jabón.
Este trabajo estaba
reservado especialmente a las mujeres. A principios de siglo no se
derrochaba aceite tan a menudo. Las muchachas iban a la almazara a
buscar en los desagües los turbios que se iban posando en la alberca,
quedando en suspensión en el agua una sustancia grasienta que se
"pescaba" con cazos de mimbre. Esta sustancia se cocía,
desechándose los posos y aprovechándose entonces la suspensión
restante: precisamente el jabón obtenido de estas sustancias era el más
apreciado por su calidad, por encima incluso de la del obtenido del
aceite limpio.
Cuando escaseaba el
aceite, como en el caso de la Guerra Civil, se volvía a usar la grasa
animal para la confección del jabón, concretamente tocino de cerdo, a
equivalencia en la receta.
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